Cuando un cliente inicia un encargo de arquitectura, una de las primeras dudas suele ser qué incluye exactamente un proyecto y por qué es tan importante definirlo correctamente desde el principio. Esta fase inicial no es un trámite: es la base sobre la que se apoyan el presupuesto, los plazos y el resultado final.
Un proyecto de arquitectura se estructura habitualmente en varias fases. En primer lugar, los estudios previos y el anteproyecto, donde se analizan el contexto, la normativa aplicable, las necesidades del cliente y las primeras decisiones de distribución, volumen y concepto. Aquí se fijan los criterios generales y se valida la viabilidad del encargo.
A continuación, el proyecto básico desarrolla la propuesta con mayor precisión y es el documento que se presenta para solicitar licencias. Define la solución arquitectónica de forma clara, pero todavía no entra en el nivel de detalle necesario para construir.
El proyecto de ejecución es la fase clave. Incluye memorias técnicas, planos detallados, mediciones, presupuesto y soluciones constructivas concretas. Este documento permite construir sin improvisaciones, comparar ofertas de manera transparente y reducir riesgos durante la obra.
Cuando estas fases no se definen bien o se simplifican en exceso, aparecen los problemas habituales: cambios en obra, sobrecostes, retrasos y decisiones tomadas con prisas. Un proyecto bien desarrollado no encarece la obra; al contrario, la ordena, la controla y la hace viable.
Definir correctamente el proyecto desde el inicio significa tomar decisiones con criterio, anticiparse a los problemas y garantizar que lo que se diseña se puede construir con seguridad y coherencia.